La krakatita
La krakatita No se pueden ni imaginar la sensación que causó aquello. La princesa bebía cada palabra que salía de la boca de d’Hémon, como si aquella serie de matarifes tártaros fuera el más fantástico descubrimiento del mundo. Prokop la contemplaba con estupor: ni siquiera pestañeó cuando mencionaron la extracción de los dos mil pares de ojos. Inconscientemente, observó los rasgos tártaros de su rostro. Era hermosísima: se estiró y se encerró en sí misma con gesto autoritario; de repente había tal distancia entre ella y todos los demás, que todos se irguieron como en un dîner palaciego y ya ni no hicieron siquiera un movimiento, con los ojos fijos en ella. Prokop tenía mil ganas de aporrear la mesa, decir una zafiedad, interrumpir esa escena estupefaciente y desconcertante. La princesa estaba sentada con la mirada baja, como si esperara algo, y por su suave frente pasó, como un relámpago, algo semejante a la impaciencia: «Y bien, ¿ya?». Los caballeros intercambiaban miradas interrogantes entre sí, también con el enhiesto señor d’Hémon, y comenzaron, uno tras otro, a levantarse. Prokop se levantó también, sin saber qué era lo que estaba ocurriendo. Por todos los diablos, ¿qué significaba aquello? Todos estaban de pie, tiesos como postes, con las manos pegadas a la costura del pantalón, y miraban a la princesa; sólo entonces la princesa levantó los ojos e hizo un gesto con la cabeza, como el que agradece que lo saluden o da permiso para sentarse. Efectivamente, todos se sentaron, y al sentarse de nuevo, Prokop comprendió con asombro que aquello había sido un juramento de fidelidad al soberano. De pronto lo caló un embarazoso enojo: «¡Dios, en qué clase de comedia he participado! ¿Cómo es posible? ¿Cómo no rompen en carcajadas ante esta broma? ¿Cómo pueden concebir que alguien se tome en serio semejante mamarrachada?».