La krakatita

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Ya estaba llenando de aire sus pulmones para soltar una risa homérica junto con los primeros (por dios, ¿no es esto sólo una broma?), cuando se incorporó la princesa. Todos se levantaron de golpe, incluso Prokop, firmemente convencido de que iba a romperse el hielo. La princesa echó un vistazo a su alrededor y clavó los ojos en su obeso cousin: éste avanzó dos o tres pasos hacia ella, con los brazos colgando, algo inclinado hacia adelante, horriblemente ridículo. Gracias a dios, aquello era sólo una broma. La princesa habló un instante con él y le hizo una seña con la cabeza; el grueso cousin se inclinó y retrocedió. La princesa dirigió su mirada a Suwalski: el príncipe se acercó, respondió, bromeó con el respeto debido; la princesa se echó a reír e inclinó la cabeza. ¿Es que todo aquello iba en serio? La princesa entonces fijó suavemente la mirada en Prokop; pero Prokop no se movió. Los caballeros de pusieron de puntillas y lo miraron tensos. La princesa le hizo una seña con los ojos: no se movió. La princesa se dirigió a un anciano mayor de artillería, manco, que estaba cubierto de medallas como Cibeles de pezones. El mayor se estaba poniendo derecho y haciendo tintinear así las medallas sobre él, cuando la princesa, con un pequeño giro, se colocó de pie justo al lado de Prokop.

—Amor mío, amor mío —dijo en voz baja pero clara—, ¿me…? Ya estás frunciendo de nuevo el ceño. Me gustaría besarte.


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