La krakatita
La krakatita »En aquella época… en aquella época lo pasaba fatal con las matemáticas. No me entraban en la cabeza, ¿sabes? Me daba clases un mal profesor, un famoso científico; los científicos sois todos extraños. Me ponía un problema y miraba el reloj; en una hora tenía que estar resuelto. Y cuando me quedaban sólo cinco minutos, cuatro minutos, tres minutos, y yo aún no tenía nada, me… palpitaba el corazón, y tenía… una sensación horrible… —Clavó los dedos en el brazo de Prokop y siseó—. Después ya estaba incluso deseando ver aquel reloj.
»A los diecinueve años me prometieron en matrimonio; no lo sabías, ¿verdad? Y como ya estaba al tanto de todo lo que había que saber, mi prometido tuvo que jurarme que nunca me tocaría. Dos años después cayó en África. Monté tales escándalos (por romanticismo, o quién sabe por qué) que después no me obligaron a casarme nunca más. Creía que con eso lo tenía todo resuelto.
»Ves, entonces en realidad me estaba obligando a mí misma, me estaba obligando a creer que le debía algo y que incluso después de su muerte tenía que ser fiel a la palabra que le había dado; al final hasta me parecía que lo había amado. Ahora veo que fingí todo eso ante mí misma, y que no sentía nada más, nada más que una estúpida decepción.