La krakatita
La krakatita —En fin, asà se hará —dijo en seguida Carson—. Holz, custodiará al señor ingeniero. Si alguien quisiera hacerle daño… Maldición, haga lo que quiera. ¿Desea algo más?
—De momento no. Si se me ocurriera algo, iré a buscarle.
—Mis respetos —gruñó el señor Carson, e inmediatamente se puso a salvo fuera de la zona de peligro. Pero no habÃa hecho más que llegar a su despacho y telefonear a todas partes con las órdenes más necesarias, cuando se oyó un repiqueteo en el pasillo y Prokop chocó contra la puerta, cargado de latas-bomba hasta tal punto que las costuras estaban a punto de reventarle.
—Escuche —espetó Prokop, pálido por la ira—, ¿quién diablos ha dado la orden de que no se me deje entrar al parque? O retira esa orden de inmediato o…
—Va a quedarse un poco más lejos, ¿eh? —soltó Carson agarrándose al escritorio—. ¿A mà qué demonios me importa su… su parque? Váyase a…