La krakatita
La krakatita —Espere —lo detuvo Prokop, y se obligó a sà mismo a explicarlo pacientemente—: Supongamos que hay circunstancias en las que… en las que a alguien le da exactamente igual lo que pueda pasar —gritó de pronto—, ¿entiende? —Crujiendo y repiqueteando se abalanzó sobre el calendario de pared—. ¡Martes, hoy es martes! Y aquÃ, aquà tengo… —Rebuscó febrilmente en los bolsillos hasta encontrar una jabonera de porcelana atada de un modo bastante precario con una cuerda—. Por el momento, cincuenta gramos. ¿Sabe qué es esto?
—¿Krakatita? ¿Nos la ha traÃdo? —profirió el señor Carson en voz baja y con la cara iluminada por una súbita esperanza—. Entonces… entonces… a pesar de todo…
—Entonces nada —hizo una mueca Prokop, y volvió a meter la jabonera en el bolsillo—, pero si me busca las cosquillas, entonces… entonces podrÃa esparcirla por donde me pareciera, ¿verdad? ¿Y bien?
—¿Y bien? —repitió Carson de un modo mecánico, absolutamente abatido.
—Bueno, disponga que desaparezca ese palurdo de la entrada. Quiero, decididamente, darme un paseo por el parque.
El señor Carson escudriñó rápidamente a Prokop, y después escupió al suelo.
—¡Vaya —sentenció convencido—, he hecho las cosas del modo más estúpido!