La krakatita

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Prokop buscó con la mirada algo en el estante de compuestos químicos. La princesa se levantó, alzó ligeramente el velo, se abrazó a su cuello y apretó firmemente sus secos labios contra la boca de Prokop. Se tambalearon entre aquel mar de botellas que contenían inestable benceno oxizónico y aterradores fulminatos, como una pareja muda y convulsa; pero ella lo apartó de nuevo y tomó asiento mientras se embozaba. Aún más rápido, ante la mirada vigilante de la princesa, Prokop reanudó el trabajo, como un panadero que amasa el pan: aquello sería la sustancia más diabólica que jamás hubiera fabricado el hombre; un material irritable, un aceite furibundo y horriblemente sensible, todo irascibilidad y exaltación. Y eso otro, transparente como el agua, volátil como el éter, eso sería definitivo: algo atroz, explosivo y veleidoso, la más fulminante brutalidad. Echó un vistazo para comprobar dónde podía colocar una botella llena de aquella sustancia innominada. La princesa sonrió, se la arrebató de las manos y se la guardó en el regazo, sujetándola entre sus manos.

Fuera, el señor Holz gritó a alguien: «¡Alto!». Prokop corrió al exterior. Era oncle Rohn, que se encontraba considerablemente cerca de una trampa explosiva. Prokop se aproximó a él.

—¿Qué es lo que anda buscando?

—A Minka —dijo oncle Charles con mansedumbre—, no se encuentra bien, y por eso…


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