La krakatita

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Escoltado por el señor Holz, regresó al laboratorio. Todo aquél con el que se cruzaba se detenía, escurría el bulto, prefería apartarse de un salto a la cuneta. Se puso a trabajar de nuevo como un poseso: mezclaba sustancias que a nadie se le ocurriría mezclar en la convicción, ciega y sin fisuras, de que aquello era un explosivo. Llenaba con ellas botellas, cajas de cerillas, latas de conservas, todo lo que tenía a mano. Tenía llena la mesa, el alféizar de la ventana y el suelo; lo sobrepasó, ya no tenía dónde colocarse. Poco después del mediodía la princesa entró a hurtadillas en el laboratorio, cubierta con un velo y enfundada en una capa hasta la nariz. Prokop corrió hacia ella para abrazarla, pero ella lo apartó.

—No, no, hoy estoy horrible. Por favor, trabaja; yo te miraré.

Se sentó en el borde de una silla, justo en medio del terrible arsenal de explosivos oxizónicos. Prokop, apretando los labios, pesó y mezcló algo con rapidez; aquella mezcla emitió un siseo y un olor ácido. Después la filtró con infinita atención. La princesa lo contemplada con las manos inmóviles y la mirada ardiente. Ambos tenían en mente que ese día llegaba el heredero al trono.


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