La krakatita

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Por la tarde se acercó, a duras penas, el señor Paul, que trajo en una cesta una magnífica cena fría y gran cantidad de vino tinto y champán; aseguró que nadie lo había enviado. A pesar de todo, Prokop le dio el recado (sin especificar para quién) de que le daba las gracias y de que no se rendiría. Durante aquella cena heroica el doctor Krafft se propuso, por primera vez, tomar vino, quizás para demostrar su hombría; en su lugar, el resultado fue un beatífico mutismo de lunático. Entretanto Prokop y el señor Holz se pusieron a cantar canciones militares. Cada uno de ellos cantaba en su propio idioma, e incluso canciones totalmente diferentes, pero en la lejanía, especialmente a oscuras, en medio del rumor de la llovizna, se fundían en una armonía atroz y lúgubre.

Alguien en palacio abrió la ventana para escucharlos; después intentó acompañarlos al piano en la distancia, pero degeneró en la Heroica y más tarde en un aporreo incongruente. Cuando el palacio quedó sumido en la oscuridad, Holz atrancó la puerta con una inmensa barricada, y los tres héroes conciliaron el sueño. Los despertó sólo el enérgico golpeteo del señor Paul en la puerta cuando, a la mañana siguiente, les llevó tres cafés que había derramado cuidadosamente sobre la bandeja.


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