La krakatita

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—¿Dónde está Whirlwind? —preguntó de repente. Krafft le señaló un ventanuco que estaba a una altura de unos tres metros—. Apóyese —susurró Prokop; se encaramó a su espalda y se puso de pie sobre sus hombros para mirar al interior. Krafft no se cayó de milagro bajo su peso. Y encima estaba como bailando sobre sus hombros… ¿Qué andaba haciendo ahí arriba? Un pesado marco cayó al suelo, de la pared se desprendió arenilla, y de repente la carga se aupó. Krafft, asombrado, levantó la cabeza y casi pegó un grito: sobre él se zarandeaban dos largas piernas que desaparecieron por el ventanuco.

En ese preciso momento, la princesa estaba dando a Whirlwind una rodaja de pan mientras contemplaba pensativa sus hermosos ojos oscuros, cuando de repente escuchó un ruido en la ventana. En la penumbra de la tibia caballeriza vio la tan familiar mano magullada, que arrancaba la rejilla de alambre del ventanuco de la cuadra. Se tapó la boca con las manos para no gritar.

Con las manos y la cabeza por delante, Prokop descendió hasta el lomo de Whirlwind; de un salto, allí estaba, algo desollado pero entero. Jadeante, hizo un intento de sonrisa.

—Silencio —se horrorizó la princesa, ya que el caballerizo se encontraba junto a la puerta, para colgarse inmediatamente del cuello de Prokop—. ¡Prokopokopak!


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