La krakatita

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Prokop reflexionó rápidamente de qué otro modo llevársela. Pero en medio de aquella penumbra el olor a caballo resultaba en cierto modo excitante; se les iluminaron los ojos y se embriagaron el uno del otro en un beso anhelante. La princesa cayó rendida al segundo; retrocedió resollando con agitación: «¡Vete de aquí! ¡Vete!». Estaban el uno frente al otro, temblando, sintiendo que la pasión que se había apoderado de ellos no era pura. Prokop se dio la vuelta y giró un travesaño de la caballeriza hasta arrancarlo; tan sólo así consiguió dominarse hasta cierto punto. Se giró hacia ella; vio que estaba desgarrando con los dientes su pañuelo para hacerlo jirones. La princesa apretó sus labios bruscamente contra los de Prokop y sin mediar palabra le entregó el pañuelo a modo de recompensa o como recuerdo. Él, por su parte, besó el entablado en el lugar preciso en el que reposaba la estremecida mano de la princesa. Nunca se habían amado tan desenfrenadamente como en aquel momento, en el que no podían siquiera dirigirse la palabra y temían apenas rozarse. En el patio rechinaron unos pasos sobre la arena; la princesa hizo una señal con la cabeza, Prokop se subió de un salto al lomo del caballo, se agarró a un gancho del techo y con los pies por delante se deslizó al exterior por el ventanuco. Cuando aterrizó en el suelo, el doctor Krafft lo abrazó alborozado.


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