La krakatita
La krakatita —Le ha cortado los tendones a los caballos, ¿verdad? —murmuró sediento de sangre; seguramente consideraba que esa acción era una medida legítima en tiempos de guerra.
Prokop corrió en silencio hasta la caseta del guarda, aguijoneado por su preocupación por Holz. Ya en la distancia se dio cuenta de un hecho espantoso: dos hombres estaban de pie ante la puerta de entrada, el jardinero enterraba en la tierra removida las señales de lucha, la verja del portón estaba entreabierta y Holz había desaparecido; y uno de los hombres tenía una mano vendada con un pañuelo, parecía que porque Holz lo había mordido.
Prokop se replegó hacia el parque, adusto y taciturno. El doctor Krafft pensó que su comandante urdía un nuevo plan bélico, y no lo interrumpió. Prokop, respirando con dificultad, se sentó en un tocón y se sumió en la observación de los harapos de encaje hechos jirones. Por el camino apareció un peón que empujaba una carretilla llena de hojas barridas del suelo. Krafft, presa de la sospecha, se abalanzó sobre él y lo molió a palos; en la refriega perdió los lentes, y no era capaz de encontrarlo sin ellos puestos, de modo que tomó la carretilla como botín ganado en el campo de batalla y se apresuró a llevársela a su caudillo.
—Ha huido —anunció; sus ojos miopes llameaban victoriosos.