La krakatita

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Prokop se incorporó y se dirigió al estanque; el doctor Krafft iba tras él con carretilla incluida, puede que para transportar a futuros heridos. Ocuparon una piscina construida sobre pilotes por encima del agua. Prokop rodeó las casetas. La más grande era la de la princesa; habían quedado allí un espejo y un peine con unos cuantos cabellos arrancados, un par de horquillas, un albornoz de felpa y unas sandalias, íntimas menudencias abandonadas. Impidió el paso a Krafft y ocupó junto con él la caseta para caballeros que había al otro lado. Krafft estaba pletórico: ahora tenían incluso una flota compuesta de dos patines, una canoa y una barca panzuda, que era en cierto modo su acorazado. Prokop paseó durante largo rato y en silencio por la cubierta de la piscina sobre el estanque gris; después desapareció en la caseta de la princesa, se sentó en su sillón, tomó entre sus brazos el albornoz de felpa y hundió en él la cara. El doctor Krafft, que a pesar de su increíble incapacidad visual tenía ciertas sospechas sobre el secreto de Prokop, fue deferente con sus sentimientos: dio vueltas por el cuarto de baño de puntillas, achicó el agua de la nave de combate abombada con una olla y se procuró los remos correspondientes. Halló en sí mismo un gran talento militar; se atrevió a ir a la orilla y acarreó a la piscina piedras de todos los calibres, incluso rocas de diez kilos arrancadas de la represa; después se puso a demoler, tabla a tabla, el puentecillo que unía tierra firme con la piscina; al final los unían a tierra sólo dos vigas desnudas. De los tablones que fue arrancando consiguió material para condenar la entrada y, aparte de eso, unos valiosísimos clavos oxidados que incrustó en las palas de los remos con las puntas hacia afuera. De este modo vio la luz un arma aterradora y realmente mortífera. Una vez hubo organizado todo aquello y comprobado que estaba bien, le habría gustado alardear de ello ante el comandante; éste, sin embargo, estaba encerrado en la caseta de la princesa y parecía que ni siquiera respiraba, del silencio que reinaba en ella. Allí estaba el doctor Krafft, de pie ante la superficie grisácea del estanque, que chapoteaba con un sonido frío y quedo; en algunas ocasiones se oía un gorgoteo al saltar un pez, en otras el rumor de los juncos. El doctor Krafft comenzó a sentirse angustiado por aquella soledad.


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