La krakatita
La krakatita La princesa, totalmente abatida, fue a echarse durante una hora cuando le aseguraron que era inminente, etcétera, etcétera; y junto al paciente quedó el doctor Krafft, tras prometerle a la princesa que en una hora le enviarÃa un recado explicándole lo que habÃa ocurrido y cómo se encontraba. No le envió ningún recado, por lo que la princesa, intranquila, fue a echar un vistazo. Encontró a Krafft de pie en medio de la habitación, agitando los brazos y soltando un sermón sobre la telepatÃa, apelando a Richet, a James y a dios sabe quién más. Prokop lo escuchaba con ojos serenos y de vez en cuando lo azuzaba con las objeciones propias de un incrédulo cientifista y limitado.
—Lo he resucitado, princesa —gritaba Krafft olvidándose de todo—. He concentrado toda mi voluntad en su curación; he… he hecho asà con las manos sobre él, ¿sabe? Emanación de fuerza ódica. Pero es agotador, ¡uf! Estoy hecho polvo — anunció, y se bebió de golpe un vaso entero de queroseno para lavar las vendas, confundiéndolo seguramente con vino, tal era su emoción ante el éxito obtenido—. Diga —gritó—, ¿le he sanado o no?
—Me ha sanado —dijo Prokop con afable ironÃa.
El doctor Krafft se derrumbó sobre un sillón.
—No creÃa que tuviera un aura tan intensa —suspiró satisfecho—. ¿Quiere que le imponga de nuevo las manos?