La krakatita
La krakatita RepetÃa aquella frase sin parar, enfurecido, de modo que la princesa llamó a Paul. Paul recordó cierto sobre abultado, mugriento y atado con una cuerda. ¿Dónde estaba? ¡Rápido! Lo encontró en la mesilla de noche: ¡allà estaba, ahá! Prokop se aferró a él con ambas manos y lo apretujó contra el pecho; se tranquilizó y se durmió como un tronco. A las tres horas estaba cubierto otra vez de abundante sudor, tan debilitado que apenas podÃa respirar. La princesa alarmó al consejo médico. La temperatura habÃa disminuido, ciento siete pulsaciones, el pulso filiforme; pretendÃan inyectarle alcanfor sin más demora, pero el médico rural del lugar, que se sentÃa provinciano y cohibido entre aquellas eminencias, dijo que él nunca despertaba a los pacientes.
—Asà al menos duermen durante el exitus, ¿no? —murmuró un famoso especialista—. Está en lo correcto.