La krakatita
La krakatita Prokop levantó los ojos y vio a la princesa, inclinada sobre él con los labios apretados y los ojos llenos de angustia.
—Animales —musitó con lúgubre inquina, y a continuación cerró los ojos. El corazón le palpitaba a la misma velocidad desquiciada a la que aquellos dos bailoteaban. Los ojos le escocían por el sudor, cuyo sabor salado podía sentir en su boca; tenía la lengua adherida al paladar y la garganta pegajosa por la sequedad de la sed.
—¿Quieres algo? —preguntó la princesa muy muy cerca.
Prokop sacudió la cabeza a modo de negación. La princesa pensó que estaba durmiendo otra vez, pero tras un instante se oyó de nuevo su voz ronca:
—¿Dónde está el sobre? —La princesa supuso que sólo estaba farfullando en sueños y no respondió—. ¿Dónde está el sobre? —repitió frunciendo el ceño imperiosamente.
—Aquí está, aquí —dijo de inmediato la princesa, introduciéndole entre los dedos el primer pedazo de papel que tenía a mano. Prokop lo estrujó con brusquedad y lo tiró.
—Éste no es. Yo… yo quiero mi sobre. Yo… yo… yo quiero mi sobre.