La krakatita
La krakatita Inclinado sobre él estaba el señor Paul, que le estaba poniendo sobre el pecho una compresa fría.
—¿Dónde… dónde… dónde está Anči? —masculló Prokop con alivio mientras cerraba los ojos. Paf, paf, paf, corría jadeante a través de un sembrado; no sabía a dónde iba con tanta prisa, pero corría como alma que lleva el diablo, hasta el punto de que el corazón le latía de un modo tantantan delirante…, y habría querido soltar el alarido de angustia que llegaría después. Y allí estaba aquella casa, sólo que no tenía puerta ni ventanas, únicamente un reloj en lo alto, que marcaba las cuatro menos cinco. Prokop supo de repente que cuando el minutero marcara la hora en punto, toda Praga saltaría por los aires. «¿Quién me ha quitado la krakatita?», bramó Prokop. Intentó trepar por la pared para detener la manilla del reloj en el último minuto; brincaba y clavaba las uñas en el revoque, pero se escurría hacia abajo dejando en la pared unos arañazos alargados. Aullando de terror, voló a buscar ayuda. Dio con las caballerizas; allí estaban la princesa y Carson, que hacían el amor con movimientos entrecortados, mecánicos, como dos muñecos sobre una estufa, impulsados por el aire caliente. Cuando se percataron de la presencia de Prokop, se cogieron de la mano y comenzaron a dar saltitos, rápido, rápido, cada vez más rápido.