La krakatita
La krakatita —Jaja —le espetó el señor Carson como reanimado por esa groserÃa—, está claro que no; tampoco ha hecho falta. Amiguito, tampoco hemos hecho gala de ello aquà arriba, ¿verdad? Claro que no. Sencillamente consideraciones personales, y punto. Una intervención influyente, ¿sabe? Además de eso es usted extranjero… Pero incluso este tema se ha solucionado —añadió de inmediato—. Basta con que presente la solicitud para que se le conceda la ciudadanÃa de nuestro estado.
—Ahá.
—¿Qué ha querido decir?
—Nada, sólo ahá.
—Ahá. Y eso es todo, ¿no? DecÃa que basta con presentar una solicitud oficial y… aparte de eso… Bueno, comprenderá que… que hacen falta ciertas garantÃas, ¿no? Debe hacer algo para merecer el honor que se le otorga… por sus servicios extraordinarios, ¿verdad? Se da por hecho que… que entregará a la comandancia de nuestro ejército… ¿Entiende?, que le entregará… —Se hizo un silencio aterrador. Le bon prince miraba por la ventana, los ojos de Carson desaparecieron tras el centelleo de los lentes, y Prokop tenÃa el corazón aprisionado por la angustia—. … Es decir, que le entregará… simplemente entregará… —tartamudeó Carson, respirando a duras penas por la tensión.
—¿Qué?