La krakatita
La krakatita La princesa se incorporó con el rostro atenazado por el horror y la repulsión, y retrocedió ante él. Prokop puso su cara en el sitio en el que ella había estado sentada y se echó a llorar con un llanto pesado, rudo, varonil. Ella estuvo a punto de agacharse junto a él, pero se dominó y se alejó aún más, apretando contra el pecho sus manos, retorcidas en un calambre.
—Así que, ¡eso —susurró—, eso es lo que piensas!
Un dolor encarnizado ahogaba a Prokop.
—¿Sabes acaso —gritó—, lo que es una guerra? ¿Sabes lo que es la krakatita? ¿Nunca se te ha ocurrido que soy una persona? ¡Y… y… te detesto! ¡Por eso fui amable contigo! Si entregara la krakatita, se acabaría todo de una vez; la princesa huiría y yo, yo… —Se levantó de un salto golpeándose la cabeza con los puños—. ¡Yo ya he deseado hacerlo! Un millón de vidas a cambio de… de… de… ¿Qué? ¿Le parece poco? ¡Dos millones de muertos! ¡Diez millones de muertos! Eso… eso… eso ya es un buen lote incluso para una princesa, ¿no? ¡Por eso ya merece la pena rebajarse un poco! ¡Seré imbécil! ¡Aaah —aulló—, puaj! ¡Me horroriza usted!