La krakatita
La krakatita La princesa no lo miraba, no escuchó su respuesta. Pero, vaya, le temblaban los párpados, bajo ellos se estaba formando una lágrima que saltó, se deslizó rápidamente, se detuvo; y después la siguió otra. Lloraba sin emitir ni un solo sonido, con las manos sobre el volante. Cuando Prokop intentó acercarse a ella, retrocedió un trecho.
—Ya no eres Prokopokopak —susurró—, eres desgraciado, un hombre desgraciado. Mira, forcejeas con la cadena… como yo. Lo que nos unÃa era… un vÃnculo aciago; y sin embargo, cuando uno lo arranca, se siente… se siente como si todo su interior se marchara con él, incluso el corazón, incluso el alma… ¿Puede tener uno el alma pura cuando se queda tan vacÃo y yermo? —Las lágrimas brotaban aún más torrencialmente—. Te amaba, y ahora ya no te veré más. Apártate, apártate de mi camino, yo voy a dar la vuelta.
Prokop se quedó inmóvil, como petrificado. La princesa acercó el coche hasta él.
—Adiós, Prokop —dijo en voz baja, y emprendió el camino de vuelta por la carretera. Prokop echó a correr tras ella. Ella se deslizaba conduciendo marcha atrás el coche, más rápido, más rápido, cada vez más rápido; era como si fuera desapareciendo poco a poco.