La krakatita

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El delegado Peters finalizó su intervención entre tartamudeos y desapareció, todo ruborizado, en un banco. Todos los ojos asediaron a Prokop con una tensa e imperiosa expectación. El anciano Mazaud farfulló alguna formalidad y se inclinó hacia Daimon. Se hizo un silencio sin aliento, y Prokop se levantó sin saber lo que hacía.

—Tiene la palabra el camarada Krakatita —anunció Mazaud frotándose sus enjutas manitas.

Prokop echó un vistazo a su alrededor con ojos ebrios: «¿Qué es lo que debo hacer? ¿Hablar? ¿Por qué? ¿Quién es esta gente?…». Se topó con los ojos de ciervo del tísico, con el severo e inquisidor brillo de las gafas, con los ojos pestañeantes, con ojos curiosos y ajenos, con la mirada resplandeciente y complaciente de la hermosa muchacha. Prokop abrió su boca sacrílega, ardorosa, de la propia atención. En el primer banco el hombrecillo calvo y arrugado esperaba suspenso sus palabras con ojos extáticos. Le sonrió complacido.





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