La krakatita
La krakatita Se escuchó un el clic de un zapatito al caer; luego otro: seguramente la joven se estaba descalzando. «Ve a dormir, muchacha. Cuando concibes el sueño, te miraré para comprobar a quién te pareces». Pasó, muy silenciosa, y se detuvo: estaba enderezando algo otra vez. Dios sabe por qué querÃa tener el cuarto tan bonito y tan limpio. Y, de repente, la joven se arrodilló ante él y alargó sus hermosas manos hacia los pies de Prokop.
—Te quitaré las botas, ¿quieres? —dijo en voz baja.
Prokop tomó la cabeza de la chica entre sus manos y la giró hacia sÃ. Hermosa, dócil y extrañamente seria.
—¿ConocÃas a TomeÅ¡? —preguntó enronquecido. Ella reflexionó y negó con la cabeza.
—¡No mientas! Tú eres… tú eres… ¿Tienes una hermana casada?
—No —se zafó bruscamente de sus manos—. ¿Por qué habrÃa de mentirte? Te diré todo, a propósito, para que sepas… a-a propósito… Soy una perdida. —Hundió la cara en las rodillas de Prokop—. Todos me…, to-dos, para que lo sepas…
—¿También Daimon?
La muchacha no respondió, sólo se estremeció.