La krakatita
La krakatita —Puedes echarme de una patada, soy… ¡Ooh! No me toques. Soy… Si tú supieras… —Se quedó totalmente rÃgida.
—Déjalo ya —gritó Prokop atormentado, y le alzó la cara a la fuerza. Los ojos de la muchacha estaban abiertos de par en par por la angustia y la desesperación. Prokop la soltó y gimió. La semejanza era tal que se atragantó—. Cállate, al menos cállate —murmuró con un nudo en la garganta. Ella hundió de nuevo su rostro en el regazo de Prokop.
—Déjame, tengo que contarlo todo… Empecé cuando tenÃa trece años… —Él le tapó la boca con la mano; ella se la mordÃa y farfullaba su horrible confesión a través de los dedos.
—¡Silencio! —gritó Prokop; pero aquello salÃa atropelladamente de la boca de la muchacha, le castañeteaban los dientes y tiritaba, hablaba, tartamudeaba… A duras penas consiguió que se callara.
—¡Ooh! —sollozó—, si supieras… lo que… ¡lo que hace… la gente! Y todos, todos han sido tan brutos conmigo… ¡Como si no fuera siquiera… un animal, o una piedra!