La krakatita
La krakatita —Basta —dijo Prokop con un hilo de voz y fuera de sí; y sin saber qué hacer, le acarició la cabeza con los temblorosos muñones de sus dedos. Ella suspiró, ya serena, y se quedó inmóvil; Prokop podía sentir su ardiente aliento y los latidos de su cuello. La muchacha comenzó a reírse bajito.
—Tú creías que estaba dormida… en el coche. No lo estaba, yo… yo tan sólo fingía, adrede… y esperaba a que empezaras… como los demás. Al fin y al cabo sabías lo que soy y cómo soy… Y… tú sólo ponías mala cara y me sujetabas como si fuera una niña pequeña, como si… fuera… una reliquia… —Se le saltaban las lágrimas en medio de la risa—. Yo me puse tan contenta de repente, no sé por qué, como nunca, como nunca… y orgullosa… y me avergonzaba terriblemente, pero… a la vez me sentía en la gloria… —Con los labios hiposos le besaba las rodillas—. Usted… usted ni siquiera me despertó… y me dejó… como una reliquia… y me tapó las piernas, y no dijo nada… —Rompió en sollozos definitivamente—. Yo, yo le serviré, permítame, permítame… Le quitaré las botas… Por favor, por favor, ¡no se enfade conmigo por fingir que dormía! Por favor…
Prokop intentó levantarle la cabeza; ella le besaba las manos.
—¡Por dios, no llore! —exclamó.