La krakatita
La krakatita —¿Quién? —Se irguió sorprendida, y dejó de llorar—. ¿Por qué me trata de usted?
Prokop le levantó la cara; ella se resistía con todas sus fuerzas y se clavaba en sus rodillas.
—No, no. —Castañeteaba los dientes de horror y de risa— . Estoy hecha un cuadro. No… no le gustaría —dijo con un hilillo de voz mientras escondía su rostro lloroso—. ¡Como… tardó tanto… en venir! Yo le serviré y le escribiré las cartas… Aprenderé a escribir a máquina; sé cinco idiomas… ¿Va a echarme? Como tardaba tanto en venir, estuve pensando en to-todo lo que yo haría… Y él me lo ha estropeado; hablaba como si yo… como si fuera una… Y no es cierto… Ya-ya le he contado todo. Seré… Haré lo que diga… Quiero ser decente…
—¡Levántese, por favor!
La muchacha se sentó sobre los talones, colocó las manos en el regazo y lo miraba como extasiada. Ahora… ya no se parecía a la mujer del velo; recordó a la sollozante Anči.
—Deje de llorar —murmuró enternecido e inseguro.
—Es usted hermoso —suspiró ella con admiración. Prokop se sonrojó y farfulló sin saber bien qué.
—Váyase a dormir. —Se atragantó y acarició la fogosa mejilla de la joven.
—¿No le repugno? —preguntó ruborizada.