La krakatita
La krakatita —No, en absoluto. —Ella estaba inmóvil y lo miraba con ojos llenos de inquietud, de modo que Prokop se inclinó hacia ella y la besó. La muchacha se sonrojó y le devolvió el beso de modo confuso y torpe, como si besara por primera vez—. Ve a dormir, ve —farfulló turbado—, yo todavía… debo… meditar algo.
Ella se levantó obedientemente y empezó a desvestirse en silencio. Prokop se sentó en un rincón para no interrumpirla. La muchacha se quitaba el vestido sin pudor, pero también sin la más mínima frivolidad, con sencillez y naturalidad, como una mujer en su hogar. Sin apresurarse, desabrochaba los botones y desataba los lazos, doblaba la ropa interior, deslizaba lentamente las medias por sus piernas, fuertes y hermosas. Se quedó pensativa, miró al suelo y empezó a jugar como una niña con los largos, intachables dedos de sus pies; miró a Prokop, se rió con ruborizada alegría y susurró: «No estoy haciendo ruido».