La krakatita

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En la carretera, ante él, refulgía una lucecita; intentó esquivarla, se detuvo y vaciló. Una lámpara sobre la mesa, el fueguecillo de una estufa, un farol que vigila el camino; una mariposa nocturna, atormentada, agitaba las alas en su interior, delante de aquella lucecilla titilante. Prokop se acercó con morosidad, como si no se atreviera. Se quedó parado, se calentó en la distancia con aquel trémulo fueguecillo, se acercó un poco más, temiendo que lo echaran de nuevo. Se detuvo algo más allá. Era un carro con una cubierta de lona; en la lanza colgaba un farol encendido que proyectaba temblorosos haces de luz sobre un caballo blanco, sobre las piedras blancas, y sobre los blancos troncos de los abedules junto al camino. El caballito tenía en el morro un saquito de tela basta y, con la cabeza inclinada, ronzaba la avena; tenía la crin plateada y nunca le habían cortado la cola. Y junto a su cabeza estaba un anciano menudo; tenía la barba blanca y el cabello plateado, y era tan crudamente claro como la lona del carro; movía los pies en el sitio, pensativo, decía algunas palabras y extendía entre sus dedos la blanca crin del caballo.

En un momento determinado se giró, miró hacia la oscuridad sin ver nada y preguntó con una vocecilla vacilante:

—¿Eres tú, Prokop? Ven, ya te estaba esperando.


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