La krakatita
La krakatita —Entonces te lo enseñaré, espera. —Metió el saquito de avena en el carro y se puso a aflojar la lona por un lado sin prisa ninguna. La apartó, y bajo ella apareció una caja con una mirilla de cristal—. Espera —repitió, y se puso a buscar algo en el suelo; cogió una ramita, se sentó en cuclillas junto al candil y la prendió, todo ello con calma y minuciosidad—. AsÃ, arde bien, arde —animó a la ramita, y protegiéndola con la palma de la mano corrió con pasitos cortos hacia la caja; levantó la tapa y encendió una lamparita que habÃa en su interior—. Yo uso aceite —explicó—. Algunos ya iluminan con acetileno, pero… el acetileno te achicharra los ojos. Y además es una cosa que…, explota y la has liado; y encima puede lastimar a alguien. Y el aceite…, es como en una iglesia. —Se inclinó sobre la ventanita y guiñó sus ojos apagados para mirar el interior—. Se puede ver bastante. Es hermoso —susurró emocionado—. Ven a mirar. Pero tienes que agacharte para hacerte… pequeñito… como los niños. AsÃ.
Prokop se agachó hacia la mirilla.