Nada
Nada —¿Por qué me dejas acercarme? —preguntó Ena de repente.
—Porque disfruto del juego —respondió Román, sonriendo con una calma que resultaba escalofriante.
Esa fue la noche en que algo cambió. Román empezó a invitar a Ena más a menudo, y su presencia en la casa se volvió habitual. Cada vez que Ena entraba, la casa parecía adoptar una doble cara: las sombras habituales permanecían, pero un destello incómodo de luz las hacía más evidentes. Andrea sentía que Ena estaba cruzando una línea, pero no sabía cómo detenerla.
Un día, mientras Andrea trataba de concentrarse en sus estudios, Román apareció en su puerta. Su figura llenó el marco como una sombra alargada.
—¿Por qué te incomoda que Ena y yo hablemos? —preguntó, con un tono suave, casi fraternal, pero lleno de un veneno latente.
Andrea no respondió de inmediato. Sabía que cualquier palabra podría ser usada en su contra.
—No me incomoda —mintió finalmente.
Román rió, un sonido que le heló la sangre.
—Eres peor mentirosa de lo que pensaba. —Se inclinó hacia ella, su presencia opresiva llenando el espacio—. ¿Crees que Ena es diferente a nosotros? Nadie es puro, Andrea. Todos tenemos algo que esconder.