Nada
Nada Andrea apartó la vista. ¿Cómo podÃa explicarle lo que realmente pensaba? Román no era fascinante. Era peligroso, un maestro en envolver a las personas en sus propios juegos.
De vuelta en Aribau, el ambiente se volvió aún más denso. Gloria y Juan discutÃan con una violencia creciente, sus gritos llenando las paredes como un eco interminable. La abuela, cada vez más frágil, parecÃa encogerse en su silla, incapaz de controlar a sus hijos.
Una noche, Andrea encontró a Gloria llorando en la cocina, un rastro de sangre en el borde de su labio.
—¿Te hizo esto Juan? —preguntó, la voz cargada de una mezcla de furia y compasión.
Gloria negó con un movimiento lento, pero sus ojos, enrojecidos y vacÃos, contaban otra historia.
—No importa quién lo hizo. Aquà todos somos prisioneros de algo. —Gloria la miró, y sus palabras parecÃan resonar con una verdad amarga—. Tú también lo eres, aunque no lo sepas.
Esa misma noche, Andrea escuchó a Ena y Román en el salón. Susurros, risas, y el ocasional tono grave de Román que siempre parecÃa estar cargado de una amenaza encubierta. Andrea no pudo evitar espiarlos. Ena se inclinó hacia él, como si estuviera tratando de descifrarlo, mientras Román la observaba con su habitual mirada calculadora.