Nada
Nada Y una noche, mientras Andrea intentaba estudiar, escuchó un susurro desde la habitación de Román. Se acercó, y al asomarse, los vio: Ena y Román, inclinados uno hacia el otro, sus rostros peligrosamente cerca. La risa de Ena se apagó cuando sus ojos se encontraron con los de Andrea.
En ese instante, Andrea supo que la luz de Ena no solo era distante. También era peligrosa.
La relación entre Ena y Román creció como una planta venenosa en la penumbra de la casa de Aribau. Andrea observaba desde las sombras, atrapada entre la lealtad hacia su amiga y el miedo a lo que Román podía estar tramando. Cada encuentro entre ellos parecía una danza cargada de secretos, una tensión que electrificaba el ambiente de manera insoportable.
—¿Crees que estoy jugando con fuego? —preguntó Ena una tarde, mientras tomaban café en un rincón silencioso de la universidad.
Andrea sostuvo la mirada de su amiga, intentando medir sus palabras.
—Román no es como tú piensas. Es... complicado.
Ena rió suavemente, un sonido que Andrea sintió como una bofetada.
—¿Quién no es complicado en esta vida? Además, él tiene algo... fascinante. ¿No lo crees?