Nada
Nada —Tiene algo misterioso —dijo Ena, sonriendo—. Me encantarÃa hablar con él.
Andrea intentó disuadirla, advirtiéndole sobre las complejidades de su tÃo, pero Ena era persistente. Y cuando finalmente conoció a Román, la dinámica entre ellos cambió de inmediato. Román, siempre cauteloso, mostró una curiosa apertura hacia Ena.
—¿Y tú qué opinas de la música? —preguntó él, mirándola como si intentara descifrarla.
—Creo que la música tiene el poder de revelar lo que las palabras no pueden decir —respondió Ena con una sonrisa.
Román soltó una carcajada baja, cargada de algo que Andrea no pudo identificar. Esa interacción fue el inicio de un juego que Andrea no podÃa controlar, un juego que sabÃa que traerÃa consecuencias.
Ena comenzó a pasar más tiempo en la casa de Aribau. Su luz, que antes habÃa sido un consuelo, ahora iluminaba rincones que Andrea preferÃa dejar en las sombras. Cada vez que Ena hablaba con Román, cada vez que su risa resonaba en el oscuro salón, Andrea sentÃa que algo se deslizaba fuera de su alcance.