Nada
Nada Pero esa luz tenía sus sombras. Ena pertenecía a un mundo diferente, uno donde la elegancia y la tranquilidad eran la norma. Su familia representaba todo lo que Andrea había perdido: un hogar cálido, un ambiente de seguridad. Cuando Andrea fue invitada a la casa de Ena, sintió que había entrado en otro universo. Las paredes blancas, los muebles impecables, las risas familiares... Todo parecía sacado de un sueño.
—Tu casa es hermosa —dijo Andrea, con un atisbo de envidia en su voz.
—Es solo una casa —respondió Ena, sin percibir el peso de esas palabras.
Sin embargo, ese mundo perfecto tenía grietas. Andrea lo notó la primera vez que conoció al padre de Ena, un hombre elegante pero frío, cuyo trato con su hija estaba lleno de sutiles tensiones.
—Ena, querida, no deberías rodearte de gente que no esté a tu altura —dijo una vez, mientras Andrea estaba cerca, fingiendo no escuchar.
Ena se sonrojó, incómoda, pero no respondió. Andrea sintió cómo esas palabras se clavaban en su pecho. ¿Era eso lo que realmente pensaba el padre de Ena? ¿Era solo una intrusa en ese mundo brillante?
Las cosas comenzaron a cambiar cuando Ena mostró interés en Román. Durante una conversación aparentemente inocente, Andrea mencionó a su tío músico. Ena, intrigada, insistió en conocerlo.