Nada
Nada Todo comenzó a colapsar una noche en la que el sonido del piano de Román rompió el silencio opresivo de la casa. Era una melodía frenética, casi violenta, que hacía eco en los rincones oscuros. Andrea se levantó de la cama y caminó hacia el salón, donde lo encontró con los ojos cerrados, su cuerpo inclinado sobre las teclas como si estuviera poseído.
—¿Qué haces, Román? —preguntó, aunque la respuesta no le importaba realmente. Sentía la necesidad de romper ese hechizo sonoro.
Él abrió los ojos lentamente, como si acabara de regresar de un trance. La miró con una expresión que mezclaba curiosidad y desafío.
—Solo le pongo música al caos —dijo, con una sonrisa que no era menos perturbadora que la música.
Antes de que Andrea pudiera responder, Ena apareció en el umbral. Llevaba un vestido ligero que parecía brillar incluso en la penumbra. Había algo inquietantemente cómodo en la manera en que se movía por la casa, como si hubiera olvidado que era una invitada.
—¿Interrumpo? —preguntó Ena, aunque no esperó respuesta.