Nada
Nada Andrea se quedó allÃ, observando cómo Ena se acercaba al piano y se sentaba junto a Román. HabÃa algo en la forma en que lo miraba, una mezcla de admiración y desafÃo, como si quisiera descifrarlo mientras jugaba su propio juego. Román respondió tocando una melodÃa más suave, casi Ãntima, que parecÃa dirigirse únicamente a ella.
Esa noche, la fractura que Andrea habÃa sentido durante semanas se abrió completamente. Cuando todos se retiraron a sus habitaciones, los gritos comenzaron de nuevo, pero esta vez eran distintos. Juan y Gloria estaban fuera de control. Un estruendo sacudió la casa, y Andrea corrió al salón para encontrarse con Gloria tirada en el suelo, sosteniéndose el brazo.
—¡Esto no puede seguir asÃ! —gritó la abuela desde su silla, su voz temblando tanto de furia como de desesperación—. ¡Nos va a matar a todos!
Román apareció en el marco de la puerta, observando la escena con una calma casi sobrenatural. En sus manos, sostenÃa un cigarrillo, y la brasa iluminaba fugazmente su rostro.
—Todos nos matamos de alguna manera, mamá —dijo, antes de volver a desaparecer en las sombras.
Andrea ayudó a Gloria a levantarse y la llevó a su habitación. Mientras limpiaba una herida en su frente, Gloria habló, casi en un susurro.