Nada
Nada Andrea levantó la vista hacia la imponente fachada del edificio, donde las sombras de los balcones se entrelazaban como barrotes de una prisión. Subió lentamente los escalones, el eco de sus pasos retumbando en la escalera vacía. Cuando llamó al timbre, el sonido se apagó en la profundidad del piso como un susurro perdido en un abismo.
—¿Quién es? —respondió una voz frágil al otro lado.
La puerta se abrió con un chirrido, revelando a una anciana encorvada, con el cabello como una nube gris y los ojos acuosos de quien ha visto demasiado. La reconoció como su abuela, pero en ese momento, la anciana parecía un espectro atrapado en el tiempo.
—¿Andrea? ¿Eres tú? —preguntó con una mezcla de desconcierto y alivio.
Dentro, el ambiente era sofocante. Los muebles apilados como ruinas de un pasado próspero, las telarañas colgando de una lámpara que alguna vez fue espléndida, y el hedor de comida rancia impregnaban el lugar. La casa era un mausoleo, y Andrea sintió que la alegría que había traído consigo empezaba a desmoronarse.
