Nada
Nada Los habitantes del piso no tardaron en aparecer: tío Juan, con su rostro huesudo y lleno de sombras, la mirada hundida como un depredador al acecho; Gloria, su esposa, pálida y con el cabello enmarañado, una sonrisa forzada que no lograba ocultar el miedo; y tía Angustias, alta y severa, una figura que imponía autoridad con su sola presencia.
—¿Por qué no avisaste que llegabas tan tarde? —dijo Angustias, sus ojos oscuros clavándose en ella como agujas.
Andrea no respondió. Todo a su alrededor parecía un mal sueño del que no podía despertar. Las paredes susurraban historias que no quería escuchar, y los ojos de su familia eran espejos que reflejaban secretos que no deseaba ver.
Esa primera noche, Andrea apenas pudo dormir. El silencio de la casa era interrumpido por suspiros y pasos lejanos. Desde su cama, miró el techo desconchado y se preguntó si había cometido un error al venir. En su mente, las palabras de Gloria resonaban una y otra vez:
—¿Tienes miedo?
Andrea no respondió en su momento, pero ahora, en la oscuridad, la respuesta era clara. Sí, tenía miedo. Miedo de lo que había dejado atrás. Y aún más, de lo que le esperaba en esa casa que parecía devorar todo a su alrededor.
