Nada
Nada Andrea intentaba refugiarse en su rutina universitaria, pero incluso allÃ, la sombra de Aribau la seguÃa. Las conversaciones con Ena, su amiga luminosa y alegre, eran un alivio. Ena era todo lo que Andrea no podÃa encontrar en la casa: vitalidad, alegrÃa, un destello de normalidad.
—Tu familia suena… interesante —dijo Ena un dÃa, con un tono que intentaba ser casual pero estaba cargado de curiosidad.
Andrea rió, pero la risa sonó hueca incluso para ella.
—Interesante no es la palabra que usarÃa.
En casa, los conflictos se intensificaban. TÃo Juan y Gloria vivÃan en un constante estado de guerra frÃa, con explosiones que sacudÃan las paredes y dejaban a Andrea con el corazón en la garganta. Una noche, los gritos fueron tan violentos que la abuela, siempre un espectador silencioso, estalló en lágrimas.
—¡Por Dios, paren! —imploró con una voz quebrada, pero nadie la escuchó.
Román, como siempre, permaneció al margen, observando desde las sombras, un cigarrillo colgando de sus labios. Andrea se preguntaba si él disfrutaba viendo cómo todo se desmoronaba.
