Las madres (La novia gitana 4)
Las madres (La novia gitana 4) Ella no debería estar ahí. Violeta es demasiado joven, demasiado ingenua para entender lo que realmente ocurre tras las puertas del rancho Santa Casilda. Cree estar enamorada. Cree que Néstor, su novio, es su boleto hacia una vida mejor. Al principio todo parece un sueño: cenas caras, vestidos nuevos, una camioneta Ford que levanta miradas. Pero en Ciudad Juárez, los sueños son espejismos que se pagan con sangre.
—¿Qué es un eleke? —pregunta ella, aún con la inocencia intacta.
—Pronto lo sabrás —responde Néstor con una sonrisa que ahora parece tener colmillos.
El viaje al rancho es el umbral. Don Albertito, el “padrino” de Néstor, la recibe con una mirada que atraviesa la carne. Hombre bajito, cubano, vestido de blanco, con collares que parecen serpientes de cuentas rojas y blancas. Es un babalawo, un sacerdote de la santería, un invocador de poderes que no deberían tener nombre. La fiesta es una fachada. Hay políticos, capos del narco, músicos. Todos beben, todos ríen, pero algo se arrastra bajo el suelo.
—Esta noche te van a rayar —le dice Néstor mientras muestra las cicatrices entre su pulgar e índice—. Así estarás protegida por los orishas.
