A traves del espejo
A traves del espejo Alicia observó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo -¡Hombre! A ese paso vas a tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No serÃa mejor que te ayudase un poco?- pero el Rey siguió adelante sin prestarle la menor atención: era evidente que no podÃa ni oÃrla ni verla. Asà pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire llevándolo hacia la mesa mucho más despacio de lo que habÃa hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto de cenizas. Más tarde Alicia dirÃa que nunca en toda su vida habÃa visto una cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontró suspendido en el aire por una mano invisible que además le estaba quitando el polvo: estaba demasiado atónito para emitir sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban poniendo cada vez más redondos mientras la boca se le abrÃa más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba entrando de verlo asà y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo.
-¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! -exclamó olvidándose por completo de que el Rey no podÃa oÃrla.