A traves del espejo
A traves del espejo -¡Qué amables habéis sido en venir! iY qué ricas que sois todas!
Poco decía el carpintero, salvo -¡Córtame otra rebanada de pan!, Y ojala no estuvieses tan sordo que, ¡ya lo he tenido que decir dos veces!
-¡Qué pena me da -exclamó la morsa al haberles jugado esta faena!
¡Las hemos traído tan lejos y trotaron tanto las pobres! Mas el carpintero no decía nada, salvo -¡Demasiada manteca has untado!
-¡Lloro por vosotras!- gemía la morsa. -¡Cuánta pena me dais!- seguía lamentando y entre lágrimas y sollozos escogía las de tamaño más apetecible; restañaba con generoso pañuelo esa riada de sentidos lagrimones.
-¡Oh, ostras!- dijo al fin el carpintero. -¡Qué buen paseo os hemos dado!, ¿os parece ahora que volvamos a casita? Pero nadie le respondía... y esto sí que no tenía nada de extraño, pues se las habían zampado todas.
De los dos el que más me gusta es la morsa -comentó Alicia-porque al menos a esa le daban un poco de pena las pobres ostras.
-Sí, pero en cambio, comió más ostras que el carpintero -corrigió Tweedledee-resulta que tapándose con el pañuelo se las iba zampando sin que el carpintero pudiera contarlas sino, ¡por el contrario!