A traves del espejo
A traves del espejo Cuatro ostras más las siguieron y aún otras cuatro más; por fin vinieron todas a una más y más y más... brincando por entre la espuma de la rompiente se apresuraban a ganar la playa.
La morsa y el carpintero caminaron una milla, más o menos, y luego reposaron sobre una roca de conveniente altura; mientras, las otras las aguardaban formando, expectantes, en fila.
-Ha llegado la hora -dijo la morsa de que hablemos de muchas cosas: de barcos... lacres... y zapatos; de reyes... y repollos... y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan profaces los cerdos.
-Pero ¡esperad un poco!- gritaron las ostras y antes de charla tan sabrosa dejadnos recobrar un poco el aliento ¡que estamos todas muy gorditas!
-¡No hay prisa!- concedió el carpintero y mucho le agradecieron el respiro.
-Una hogaza de pan -dijo la morsa-, es lo que principalmente necesitamos: pimienta y vinagre, además, tampoco nos vendrán del todo mal... y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!, que vamos ya a alimentarnos.
-Pero, ¡no con nosotras!- gritaron las ostras poniéndose un poco moradas; -¡que después de tanta amabilidad eso serÃa cosa bien ruin!
-La noche es bella -admiró la morsa-¿no te impresiona el paisaje?