A traves del espejo
A traves del espejo -¿Estoy algo pálido? -preguntó Tweedledum, acercándose para que le ciñera el yelmo (yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera más bien una cacerola...)
-Bueno... si... un poco -le aseguró Alicia con amabilidad. -La verdad es que generalmente soy una persona de mucho valor --continuó Tweedledum en voz baja-: lo que ocurre es que hoy tengo un dolor de cabeza...
-Y yo, ¡un dolor de muelas! -dijo Tweedledee que había oído el comentario-. Me encuentro mucho peor que tú.
-En ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy -les dijo Alicia, pensando que se le presentaba una buena oportunidad para reconciliarlos.
-No tenemos más remedio que batirnos hoy; pero no me importaría que no fuese por mucho tiempo -dijo Tweedledum-. ¿Qué hora es? Tweedledee consultó su reloj y respondió: -Son las cuatro y media. -Pues entonces, combatamos hasta las seis y luego, ¡a cenar! -propuso Tweedledum.
-Muy bien -convino el otro, aunque algo taciturno-y ella, que presencie el duelo... sólo que no se acerque demasiado a mí -añadió- porque cuando a mí se me sube la sangre a la cabeza..., ¡vamos, que le doy a todo lo que veo!
-¡Y yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance, lo vea o no lo vea! --gritó Tweedledee.