A traves del espejo
A traves del espejo -¡Ojalá que no vuelque la barca! -se dijo a sà misma. -¡Ay, qué bonito que es aquél! Si sólo lo hubiera podido alcanzar... -y desde luego que era como para enfadarse (-Porque casi parece que me lo están haciendo adrede... -pensó) el que aunque lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el bote se deslizaba entre ellos, siempre parecÃa que habÃa uno más hermoso más allá de su alcance. -¡Los más preciosos están siempre más lejos! -dijo al fin, dando un suspiro, ante la obstinación de aquellos juncos, empeñados en ir a crecer tan apartados; e incorporándose de nuevo sobre su banqueta, con las mejillas encendidas y el agua goteándole del pelo y de las manos, empezó a ordenar los tesoros que acababa de reunir.
¿Qué le importaba a ella que los olorosos juncos hubieran comenzado a marchitarse y a perder su perfume y su belleza desde el momento mismo en que los recogiera? Si hasta los juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran más que un poco... y estos que yacÃan a manojos a sus pies, siendo juncos soñados, iban fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de nieve... pero Alicia apenas si se dio cuenta de esto, pues estaban pasando tantas otras cosas curiosas sobre las que tenÃa que pensar...