A traves del espejo
A traves del espejo -No hace falta que me los pidas a mi «por favor» -respondió la oveja sin tan siquiera levantar la vista de su labor: -no he sido yo quien los ha puesto ahí y no seré yo quien se los vaya a llevar.
-No, pero lo que quiero decir es que si por favor pudiéramos detenernos a recoger unos pocos -rogó Alicia-si no le importa parar la barca durante un minuto.
-¿Y cómo la voy a parar yo? -replicó la oveja. -Si dejases de remar se pararía ella sola.
Dicho y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meciéndose sobre el agua. Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos olorosos.