Alicia a través del espejo
Alicia a través del espejo —¡Es la voz de mi niña! —gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas—. ¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina! —y empezó a trepar como podÃa por el guardafuegos de la chimenea.
—¡Necedades imperiales! —bufó el Rey, frotándose la nariz que se habÃa herido al caer y, desde luego, tenÃa derecho a estar algo irritado con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veÃa que a la pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiéndola con la mano y levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita.
La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la habÃa dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le gritó al Rey, que seguÃa sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas:
—¡Cuidado con el volcán!
—¿Qué volcán?— preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno.