Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡NO sabes lo contenta que estoy de volver a verte, querida mÃa! —dijo la Duquesa, mientras cogÃa a Alicia cariñosamente del brazo y se la llevaba a pasear con ella.
Alicia se alegró de encontrarla de tan buen humor, y pensó para sus adentros que quizá fuera sólo la pimienta lo que la tenÃa hecha una furia cuando se conocieron en la cocina. «Cuando yo sea Duquesa», se dijo (aunque no con demasiadas esperanzas de llegar a serlo), «no tendré ni una pizca de pimienta en mi cocina. La sopa está muy bien sin pimienta… A lo mejor es la pimienta lo que pone a la gente de mal humor», siguió pensando, muy contenta de haber hecho un nuevo descubrimiento, «y el vinagre lo que hace a las personas agrias… y la manzanilla lo que las hace amargas… y… el regaliz y las golosinas lo que hace que los niños sean dulces. ¡Ojalá la gente lo supiera! Entonces no serÃan tan tacaños con los dulces…»
Entretanto, Alicia casi se habÃa olvidado de la Duquesa, y tuvo un pequeño sobresalto cuando oyó su voz muy cerca de su oÃdo.
—Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar. No puedo decirte en este instante la moraleja de esto, pero la recordaré en seguida.
—Quizá no tenga moraleja —se atrevió a observar Alicia.
