Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Al llegar, se encontró con la sorpresa de que había una gran multitud reunida en torno al Gato de Cheshire. El verdugo, el Rey y la Reina discutían y hablaban todos a la vez, en tanto que los demás guardaban silencio y parecían muy inquietos.
Alicia se vio inmediatamente requerida por los tres, para que dirimiera la cuestión, y le repitieron los respectivos argumentos, aunque, como hablaban todos a la vez, le resultó muy difícil enterarse exactamente de lo que decían.
El verdugo alegaba que no se podía cortar una cabeza a menos que hubiera un cuerpo de donde poder cortarla, que jamás se había visto en trance semejante y que no iba a cambiar a estas alturas de la vida.
El Rey alegaba que todo ser en posesión de una cabeza podía decapitarse y que se dejaran de historias.
La Reina alegaba que, si no se tomaba inmediatamente una determinación, haría ejecutar a todo el mundo. (Fue esta última observación la que causó mayor revuelo y conmoción entre los asistentes.)
A Alicia no se le ocurrió más que una cosa:
—Es de la Duquesa: será mejor que se lo pregunten a ella.
—Está en la cárcel —dijo la Reina al verdugo—: tráela aquí.
Y el verdugo partió como una flecha.