Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Bueno, no puedo hacerte ahora una demostración —dijo la Falsa Tortuga—: estoy sin fuerzas. Y el Grifo no sabe nada de esto.

—No tuve tiempo de aprenderlo —dijo el Grifo—. Yo estudié clásicas. Y el maestro, ese sí que era un viejo cangrejo.

—Nunca seguí sus cursos —refirió con un suspiro la Falsa Tortuga— pero, según dicen, enseñaba Lata sin Fin y rudimentos de Riego.

—Cierto, cierto —confirmó el Grifo, suspirando a su vez, y ambos ocultaron los rostros entre las patas.

—¿Y cuántas horas al día tenían de clase? —dijo Alicia, dispuesta a cambiar de tema.

—Diez horas el primer día —dijo la Falsa Tortuga—, nueve el siguiente, y así sucesivamente.

—¡Qué sistema tan raro! —exclamó Alicia.

—Por eso —observó el Grifo— es curso: porque disminuye en escorzo día a día. Es como si gradualmente se horadara el horario.

Esta era una idea enteramente nueva para Alicia, y se la estuvo rumiando antes de pasar a la siguiente pregunta.

—Entonces, el undécimo día sería fiesta, supongo…

—Claro que sí —dijo la Falsa Tortuga.

—Y entonces ¿qué pasaba el duodécimo día? —prosiguió Alicia impaciente.


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