Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas La hermana de Alicia estaba sentada allÃ, con los ojos cerrados, y casi creyó encontrarse ella también en el PaÃs de las Maravillas. Pero sabÃa que le bastaba volver a abrir los ojos para encontrarse de golpe en la aburrida realidad. La hierba serÃa sólo agitada por el viento, y el chapoteo del estanque se deberÃa al temblor de las cañas que crecÃan en él. El tintineo de las tazas de té se transformarÃa en el resonar de unos cencerros, y la penetrante voz de la Reina en los gritos de un pastor. Y los estornudos del bebé, los graznidos del Grifo, y todos los otros ruidos misteriosos, se transformarÃan (ella lo sabÃa) en el confuso rumor que llegaba desde una granja vecina, mientras el lejano balar de los rebaños sustituÃa los sollozos de la Falsa Tortuga.
Por último, imaginó cómo serÃa, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo serÃa Alicia cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservarÃa, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reunirÃa a su alrededor a otros chiquillos, y harÃa brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizás este mismo sueño del PaÃs de las Maravillas que habÃa tenido años atrás; y que Alicia sentirÃa las pequeñas tristezas y se alegrarÃa con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices dÃas del verano.