Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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A sus pies susurraba la alta hierba, en tanto que el Conejo Blanco la recorría apresurado… El Ratón, aterrado, cruzó chapoteando el charco próximo… Podía oírse el tintineo de las tazas de té, mientras la Liebre de Marzo y sus amigos compartían su merienda infinita, y la voz chillona de la Reina que ordenaba la ejecución de sus míseros invitados… Una vez más, el niño cerdito estornudaba sobre las rodillas de la Duquesa, mientras se estrellaban a su alrededor platos y fuentes… Una vez más, los graznidos del Grifo, el chirrido del lápiz sobre la pizarra de la Lagartija y los ahogos de los Conejillos de Indias, al ser sofocados, colmaban el aire y se entremezclaban con los sollozos distantes de la desdichada Falsa Tortuga.

Sentada, con los ojos cerrados, la muchacha casi se creía en el País de las Maravillas, aunque supiera que, con solo abrir de nuevo los ojos, todo recobraría su insípida realidad. La hierba susurraría movida simplemente por el viento, y al estanque lo agitaría el ondular de los juncos… El tintineo de las tazas de té sería el tilín de las campanillas de las ovejas, y los chillidos de la Reina se trocarían en la voz del joven pastor… Los estornudos del niño, el graznido del Grifo y todos los demás ruidos extraños (lo sabía) se transformarían en el confuso clamor del corral de la atareada granja, en tanto que el mugido del ganado sustituiría en la distancia a los opresivos sollozos de la Falsa Tortuga.


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